DESHIDRATADOS
PRODUCCIÓN
Hilario Lázaro, del INTA Rama Caída, dijo que esta campaña ese fenómeno provocó daños más severos que otros que también afectan al cultivo.
A medida que se acerca el momento de la cosecha de ciruela para deshidratar en Mendoza (que debería comenzar en diez días más, aproximadamente) crecen las especulaciones en torno al precio que estarán dispuestos a comprometer los exportadores.
Es de prever que saldrán a diputarse -kilo por kilo- la escasa producción de este año que, por tercer ciclo consecutivo, se ha reducido más o menos a un tercio de lo que podría considerarse normal.
Sobre el negocio en sí, en sus aspectos estrictamente comerciales -incluido algún rumor sobre los precios que se barajan- seguramente comentaremos algo en los próximos días. En estos párrafos, en cambio, quisimos hacer foco en las razones de esta nueva frustración productiva.
Todo parece indicar que estamos ante otra cosecha malograda por las consecuencias de una primavera muy cálida y muy ventosa (la del 2020, en el Sur mendocino). Un fenómeno recurrente desde hace varios años, aunque -por la época en la que sucede- suele “solaparse” con las heladas tardías.
Como el estrés térmico no parece estar internalizado (en su justa medida) como factor de riesgo para este cultivo, muchos terminan atribuyendo el daño productivo al exceso de frío, aún cuando en varias oportunidades ha pesado más el exceso de calor. Esto, independientemente de la suma de pérdidas -relativamente menores, algunos años- que puedan sumar otros climáticos. Incluso hasta poco ante de la cosecha, como ocurrió con alguna granizada hace un par de semanas.
De hecho, el Ing. Agr. Hilario Lázaro, del Área de Fruticultura en la Estación Experimental Agropecuaria INTA Rama Caída (San Rafael) admitió que las tormentas de granizo ocurridas en los últimos quince días -una de ellas, la del 14 de enero, muy severa- afectaron algunas áreas de San Rafael, que representan sólo una fracción dentro del total de la región productiva de ciruela D’Agen en el Sur de Mendoza. Hubo otras granizadas durante esta temporada, pero de intensidad menor.
En diálogo con Campo Andino, el referente del INTA en materia frutícola para el oasis sureño, recordó que “entre fines de septiembre y principios de octubre, hubo zonas con daño por heladas en ciertos cultivos, sobre todo hacia General Alvear (Real del Padre, Jaime Prats, La Escandinava, Bowen)”, y “con mayor incidencia relativa en los bajos fríos”.
Pero “no perjudicaron a todos los cultivos por igual” y “fueron daños que resultaron relativamente localizados”. De modo que “en líneas generales, podríamos decir que los daños por heladas han sido de baja magnitud, a juzgar por la presencia de fruta”. De hecho, “tenemos buena producción de duraznos y de damascos por ejemplo”, indicó Lázaro.
Posteriormente hubo “un tercer fenómeno climático que aconteció unos días después de la helada, en coincidencia con la floración del cultivo de la ciruela D’Agen”. En ese caso “sí hubo un impacto serio, provocado por temperaturas ambiente muy elevadas”, que sometió a las plantas a una situación de “estrés por calor” subrayó.
Esta temporada “hubo alguna pérdida también por ‘Mancha Roja’, que se evidencia (unos años en mayor medida que en otros) entre el inicio de la segunda semana de diciembre y mediados de enero, y aparece cuando las temperaturas superan los 35°C. Además, entre Navidad del 2020 y el 10 de enero último, hubo lluvias que provocaron rajadura de frutos por sobrehidratación.
Pero “fue mucho más severo el daño que provocó el estrés por calor en floración”, aseguró el especialista. “Creo que tenemos que empezar a acostumbrarnos a este concepto -remarcó- por la relevancia que tiene el fenómeno como una variante del estrés ambiental”, que está dado también por las heladas, el viento, el granizo, el exceso de radiación”. Lo cierto es que “el calor en floración, en el cultivo de ciruela D’Agen provoca mucho daño”, sentenció el Ing. Lázaro.

HILARIO LÁZARO. El referente del Área de Fruticultura en la Estación Experimental Agropecuaria INTA Rama Caída (San Rafael), advirtió que esta temporada (al igual que en otras de una larga serie estadística) el estrés por calor provocó daños más severos que cualquier otro fenómeno climático de los que regularmente afectan a los cultivos de D’Agen en el Sur de Mendoza.
El profesional va más allá en su análisis acerca del impacto de los fenómenos ambientales sobre la producción de ciruela para deshidratar, al señalar que “en los últimos veinte años o más (desde que tenemos estadísticas oficiales en la provincia), hemos estado produciendo año por medio, prácticamente”.
Señala que en Mendoza hay una tendencia a atribuir toda disminución de producción (si la floración fue buena) a la ocurrencia de heladas. “El productor, en general, visualiza que si no hay fruta después de una floración normal, el problema fue la helada; y esto es una simplificación, porque el problema de fondo es otro”.
Es que, “si se compara con otras especies más sensibles (como el durazno para industria, la ciruela de transporte) éstas tienen menos fracasos en esos veinte años” señaló; y remarcó que “las fluctuaciones de la producción anual de ciruela para industria son mucho más marcados en ciruela D’Agen que en otras especies (ver gráfico).
Resumió la idea al decir que “en los últimos 15 años, las plantaciones de durazneros han sido afectados por tres heladas severas, y en ciruela hubo 7 u 8 años de fracaso, de los cuales, 5 han estado vinculados al exceso de calor en floración.
Entonces, “a mi modo de ver, tenemos un problema de afectación por calor que es determinante”, señaló, no sin admitir que “no es una visión original, sino que ya fue planteada en su momento por investigadores norteamericanos que estudiaron el fenómeno, como causa de las grandes fallas de producción de 2004, 2005 y 2007 en California”.
Más cerca en el tiempo, el referente del INTA hace foco en los últimos cuatro años. “La cosecha del 2018 fue formidable” recordó. “Al año siguiente esperábamos una baja, producto de aquella sobrecarga… y la baja no fue ‘razonable’, sino que directamente tuvimos un año pésimo, con un cuarto a un tercio de una producción que pudiera considerarse ‘normal’.
Lázaro indicó que “aún así, estábamos dentro de la previsibilidad de una producción menor, con lo cual se confirmaba la tendencia estadística según la cual veníamos produciendo año por medio, en un esquema prácticamente perfecto. Pero resulta que en el 2020 tuvimos otra mala cosecha… y ahora, el 2021 es otro mal año”.
De manera que “de los últimos cuatro años, hemos tenido tres con un tercio de la producción aproximadamente, y un año completo; y eso nos da -en números gruesos- que en cuatro años hemos tenido el equivalente a la producción completa de dos años”. Eso implica que “prácticamente, estamos produciendo año por medio”.

MUY SENSIBLE. Con temperaturas por encima de 30°, en floración, “se encienden luces rojas” en los cultivos mendocinos de ciruela para industria. Cuantas más horas esté la temperatura por encima de los 30°, en esa etapa fenológica, mayor será el riesgo de sufrir daños, advierte el profesional.
Lázaro advierte que “el fenómeno del estrés por calor está afectando a muchas especies”. De hecho, “cada año, los daños reportados son crecientes”. Pero “hay cultivos que lo toleran y que seguirán tolerándolo bien, como el duraznero por ejemplo”. Lo que ocurre es que son especies originarias de regiones distintas. Mientras el duraznero proviene de regiones templado-cálidas de China, el ciruelo es nativo de zonas más frías, del Cáucaso.
De modo que “hay ciertos cultivos que van a poder sobrellevar estos problemas (que se irán agravando por el cambio climático), mientras que otros, muy probablemente vayan a tener dificultades; y el ciruelo podría ser de estos últimos, por su mayor sensibilidad al calor”.
Por lo pronto, hay algunos parámetros que pueden ser útiles para ir proyectando escenarios. “Los americanos han dicho -en base a datos empíricos- que por encima de 28°, la flor del ciruelo D’Agen está en riesgo; nosotros diríamos que por encima de 30°, se encienden luces rojas”; y “cuantas más horas esté la temperatura por encima de los 30° (en floración), mayor será el riesgo de sufrir daños”.
Esto se da en una franja temporal que transcurre entre el 15 y el 21 de septiembre, la mayoría de los años. Puede comenzar una semana o diez días antes, o terminar una semana o diez días después, “pero podríamos decir que ésa es la ventana de sensibilidad”, apuntó el especialista.
Esa particular sensibilidad del cultivo se refleja en la capacidad de daño del estrés por calor frente a otros fenómenos. Lazaron lo resume así: “Comparando los fenómenos usuales en la región, el granizo tiene un efecto muy localizado.
El de una helada es más abarcativo, pero también con diferentes manifestaciones locales dependiendo, entre otros factores, de la topografía del terreno, por ejemplo, y puede extenderse a distintas áreas de la región. Pero el alcance de una onda de calor es completamente regional, de mucho mayor alcance; y es un fenómeno muy generalizado, que cruza territorialmente todo el oasis, en los años de baja producción”
Así las cosas, y teniendo en cuenta las proyecciones que muestran los modelos climáticos, todo indica que el problema parece instalado. Ante ese hipotético escenario, el Ing. Lázaro coincide en que se abre un interrogante sobre la productividad del cultivo a largo plazo. Esto, independientemente de lo que pueda ocurrir con el negocio en sí.
Porque el sector se ha mantenido a flote independientemente de las condiciones generalmente adversas del escenario comercial en el que se mueve. Básicamente, porque tiene que competir en un mercado global donde Argentina no forma precios, pero al que necesariamente debe volcar el 95% o más de su producción anual, por el bajo nivel de consumo interno.
A ello que se suman las debilidades que afectan también a otros sectores de la producción, como las recurrentes crisis económicas en Argentina, que de un día para el otro pueden “salvar” empresas… o llevarlas a la quiebra, muchas veces sin escalas.
Entonces, la actividad se ha sostenido -con vaivenes- a pesar de un entorno de negocios que no siempre es propicio. Pero estos fenómenos provocados por el cambio climático podrían constituirse en una amenaza creciente para la producción, sin que haya posibilidad -al parecer- de conjurar sus efectos. Por eso cabe plantearse si estrés por calor puede poner en riesgo, en el mediano o largo plazo la continuidad de la actividad.
“Es una gran pregunta, que yo no podría responder en este momento”, dijo a Campo Andino el Ing. Lázaro. “Creo que esa respuesta debería buscarse en ámbitos de consenso más amplio”. Advirtió, eso sí, que el problema del estrés por calor en floración -como factor de riesgo para la sostenibilidad de los cultivos de ciruela para industria en Mendoza- “está afectando a todos por igual, independientemente de la escala del establecimiento y de la tecnología incorporada”. Estas dos variables podrán marcar la diferencia en otros cultivos, pero no es éste el caso.
CIRUELA D'AGEN CIRUELA DE MENDOZA CIRUELA DESHIDRATADA CIRUELA ESTRÉS POR CALOR EN FLORACION CIRUELA PARA INDUSTRIA HILARIO LÁZARO INTA RAMA CAÍDA
08
abril
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