VITICULTURA
TECNOLOGÍAS
Desde el INTA dicen que los pequeños y medianos productores tienen que ir a sistemas de alto rendimiento, tendiendo a la mecanización integral.
La migración hacia sistemas de conducción altamente productivos y mecanizables, junto con la apertura de un proceso de integración de productores que facilite el acceso a tecnologías de mayor costo, marcarán la diferencia entre la posibilidad de los pequeños y medianos viñateros de “surfear” la ola de concentración de la vitivinicultura argentina… o quedar en el camino.
Esta conclusión se desprende de lo expuesto por investigadores del INTA durante una teleconferencia realizada este jueves en el marco del ciclo “Viticultura-Aportes para la sustentabilidad”, que viene desarrollando la Estación Experimental Agropecuaria (EEA) San Juan del Organismo nacional.
En este espacio de debate, donde se vienen planteando las limitantes competitivas estructurales de la producción primaria vitivinícola (particularmente en esa provincia), se habló en esta oportunidad de la “crisis del modelo tecnológico actual” y de “una propuesta de innovación integral”.
En el inicio del encuentro virtual, el director de la Experimental con sede en Pocito, Ing. Agr. Maximiliano Battistella, hizo foco en la necesidad de aprovechar el potencial productivo de la región (sin tener en cuenta lo que considera la falsa opción entre volumen y calidad), pero migrando hacia sistemas de conducción de alto rendimiento y que permitan mecanizar el mayor número posible de labores, para bajar costos y equilibrar la ecuación de rentabilidad.
Puso especial énfasis, en primer lugar, en que “hay que salir del paradigma imperante hasta la década del 2000, que nos planteaba una relación inversamente proporcional entre calidad y rendimiento, es decir, que había que sacrificar volumen de producción por hectárea para mejorar la calidad de la materia prima destinada, principalmente, a la elaboración de vinos”.
Sobre este punto, Battistella señaló que diferentes estudios, a nivel mundial, concluyen que no hay un correlato necesario entre rendimientos y calidad de la uva. Por eso es que “hoy, investigamos y proponemos cambios tecnológicos dentro de otro paradigma”, según el cual “para un genotipo y un ambiente determinados, la calidad dependerá -principalmente- de las condiciones del microclima y de la armonía entre el crecimiento vegetativo y el crecimiento reproductivo de la planta”. De manera que “si se logran condiciones de equilibrio entre el follaje expuesto a la luz y el desarrollo del fruto, no se verá resentida la calidad de la uva”.
Esto abre un escenario distinto, porque “nos permite sacarnos el corset de los (bajos) rendimientos por hectárea, que resulta muy caro” dice Battistella; y hacer foco en el “alto potencial vegetativo y productivo que tienen las regiones vitivinícolas argentinas, en general (y particularmente San Juan)”. Así, producir más, ayudaría a equilibrar un poco los ingresos, porque el precio de la uva no es una variable que pueda manejar el productor.
Pero hay un problema. El incremento de la producción por hectárea en un sistema de conducción como el parral -que es el que prevalece en la zona- está asociado a mayores costos. Porque no hay forma de compensar (“achicando” el gasto por algún otro lado) las fuertes inversiones en insumos -fertilizantes, fungicidas, etc.- necesarias para aprovechar ese potencial productivo regional y obtener más kilos.
Si el parral permitiera mecanizar ciertas labores, sería distinto. En ese caso, el ahorro vendría por una menor incidencia del componente “mano de obra” en el cuadro de costos operativos. Pero no es así. Es un sistema de conducción “mano de obra intensivo”, particularmente en poda y cosecha. Concluye entonces que “la única ventaja que tiene hoy el parral, es su alta productividad potencial”.
Admite que se podría reconvertir parcialmente un parral para poder ingresar a cosechar con algún modelo específico de vendimiadora, “pero no podemos pensar en la mecanización integral de este sistema de conducción”, señaló el especialista.
El otro modelo importante por la superficie que ocupa es el espaldero. Fue promovido, también durante la última gran reconversión vitivinícola, y admite la mecanización integral. De hecho, el desarrollo de maquinaria en viticultura ha estado orientado a estos sistemas de conducción. “El inconveniente que presenta -dice Battistella- es que, por la arquitectura de la planta, su productividad es limitada. Es un sistema que no permite aprovechar el potencial vegetativo de la región”.
Una variante son los espalderos con sistemas de conducción de alto potencial productivo. Como el modelo de cordón libre; la poda en seto o box prunning, o la poda mínima. En todos los casos, aprovechan la potencialidad vegetativa del lugar, lo que permite incrementar los rendimientos, y se pueden mecanizar en forma integral.
Aseguró que los sistemas de alto potencial productivo y mecanización integral “incrementan el rendimiento y permiten bajar costos”, por lo que “no hay dudas sobre su conveniencia”. Pero reconoce que “es un enorme desafío” migrar desde un sistema mano de obra intensivo, como el que prevalece en la región.


Por eso es que “sugerimos pensar en tecnologías de transición”, dice Battistella. Básicamente se refiere, por un lado, al sistema de conducción; y por otro, a la cosecha asistida. En cuanto a los sistemas de conducción está la opción de reconvertir, o de iniciar un nuevo viñedo con una estructura distinta.
Ahora bien, la reconversión no resultaría viable en el caso de un parral. Es una estructura que, directamente, no da para cambios que, posteriormente, admitan mayor nivel de mecanización. Un sistema de conducción tradicional en espaldero (con cordón bilateral), en cambio, sí podría transformarse a un sistema más productivo, y mecanizable.
Después está la alternativa de arrancar de cero con una estructura distinta, que servirá tanto para una mecanización integral desde el principio, o para iniciar una “transición”. El Ing. Battistella explicó que “es un sistema de estructura simple, con medios postes cada 3 ó 4 metros (de acuerdo al potencial productivo de la variedad y el destino de la uva)”.
La planta está estructurada en “un cordón, en un solo alambre (que es de estructura también), que puede podarse a pitones o como box pruning, y es totalmente mecanizable”. Explicó que “es un modelo muy versátil, porque si el productor sabe que todavía no va a tener posibilidad de mecanizar, puede empezar con un sistema de conducción de canopia libre, que le permitirá podar y cosechar manualmente”.
Aún en esta fase de transición (de este hipotético emprendimiento), el sistema tiene un costo operativo menor en el manejo de la canopia, y admite también las tecnologías de cosecha asistida que se usan en parral. Luego, si ese productor está en condiciones de “meterle máquinas” a la finca, puede migrar a un box pruning de un año para otro, pasando la máquina prepodadora en lugar de podar manualmente, y cosechar con una vendimiadora.
La otra tecnología de transición es la cosecha asistida, que también puede aplicarse en parrales que todavía estén productivos. Battistella aclaró que, aún en el caso de un viñedo reconvertido o uno nuevo (implantado en estructuras verticales con sistemas de alto potencial productivo), si no estuviera disponible la maquinaria o no hubiera quien prestara el servicio, “es posible incorporar tecnologías de cosecha asistida”.
Esto, de por sí, “permitirá incrementar entre el 50% y el 80% la productividad del trabajo de vendimia. Por supuesto, implicará aliviar el esfuerzo del cosechador y bajar el riesgo de accidentes laborales.
Es que “un trabajador que haga 80 ó 90 fichas por jornada -señalaba Battistella- recorre entre 8 y 10 km diarios”. La mitad de esa distancia “la hace con un tacho en el hombro, donde lleva entre 18 y 20 kilos de uva; y para descargarla en la caja del camión tiene que subir -cargado- al banco de cosecha, que es (dicho sea de paso) donde se produce el 90% de los accidentes de trabajo durante la vendimia”.
El director de la Experimental San Juan del INTA fue terminante al afirmar que “los sistemas de alto potencial productivo y mecanización integral incrementan el rendimiento y permiten bajar costos”. Señaló que “los productores grandes ya están incorporando estas tecnologías. De manera que “el gran desafío para el sector es que los pequeños y medianos viñateros logren escala para acceder a las ventajas de estos sistemas”.
Por otra parte, aclaró que una cuestión distinta de variables tales como productividad y costo, es la calidad del producto obtenido. Para evaluar el comportamiento de las uvas producidas en estos sistemas de alto rendimiento, el propio Battistella fue parte de un equipo de investigadores, que integró junto a Yanina Guzmán, Beatriz Pugliese, Federico Rivero y Daniela Pacheco.
Precisamente la Lic. Pacheco (bióloga) expuso durante la conferencia de este jueves algunos detalles sobre este punto, como resultado de micro vinificaciones que hicieron a modo de ensayo. Pero, antes que eso, dejó precisiones sobre la estructura de estos sistemas y la productividad lograda.
Pacheco dio detalles sobre el marco de plantación, materiales y montaje de la estructura (más simple que la de un espaldero tradicional y mucho más, aún, que la de un parral); y sobre la poda de formación -incluida la densidad de yemas por metro- en cada una las tres variantes de este espaldero: conducido en cordón libre; en box pruning (o poda en seto); y en poda mínima (o minimal pruning).
Aclaró que “son todos sistemas de canopia libre, con baja incidencia de enfermedades, pero con mayor requerimiento de agua y nutrientes que un espaldero tradicional, aunque similar al de un parral”. Expuso el rendimiento obtenido en cada caso, desagregando los indicadores que cada componente (número y peso de racimos y número de bayas).
Por otra parte, la Lic. Pacheco refirió ensayos realizados con uvas producidas en cada uno de esos tres sistemas. Como muestra testigo tomaron frutos de una planta sin raleo de racimos, y cotejaron los resultados con otras dos muestras. Una de ellas, de una planta raleada al 50%, y la otra, producto de un raleo del 75% de los racimos. Determinaron la variación productiva y de ciertos parámetros cualitativos en uvas y vinos, según la intensidad del raleo.
Si hubiera que simplificar las conclusiones de lo que expuso Pacheco podría decirse que, en los tratamientos con mayor carga (baja relación hoja/fruta) se observó un retraso en la madurez, aunque los frutos lograron llegar a los 24° Brix, necesarios para la vinificación.
Por otra parte, el contenido de antocianos en baya y en vino no fue afectado por el nivel de carga de las plantas.
Por eso concluyó que “en el sistema de poda mínima -en San Juan- no hace falta controlar la carga en racimos, ya que la composición química de la uva y del vino fue similar”. Lo que más puede impactar, son las condiciones del clima de distintos años, sobre todo las temperaturas, que favorecerán (o no) una mejor expresión de antocianos.
Concluyó que “los sistemas de conducción en cordón libre, poda en seto y poda mínima son una alternativa para la viticultura”, y que, dependiendo de la escala del productor, será conveniente optar por unas u otras.
Cabe aclarar, en este punto, que lo que mostró la especialista en su presentación es sólo una parte de los estudios que han realizado sobre este tema durante los últimos años; y que, lo que compartimos ahora con nuestros lectores, es una parte menor de lo que expuso en su conferencia de este jueves. Por lo que, sugerimos a quienes estén interesados en profundizar en estos temas, tomar contacto con la Estación Experimental Agropecuaria INTA San Juan.
Por otra parte, en el final de la jornada, Simón Tornello -técnico del INTA San Juan, coordinador de la Plataforma de Innovación Territorial de los Valles Andinos de esa provincia y de Mendoza- habló de las posibilidades -y la necesidad- de organización de los productores vitivinícolas de la región para acceder a las maquinarias y coordinar el trabajo con ese equipamiento a través de alguna estructura asociativa o, eventualmente, constituir empresas de servicios cuyas prestaciones podrían extenderse fuera de los límites del grupo de viñateros inicialmente integrado con este propósito.
Estos procesos de organización favorecerían, además, el vínculo de los productores con las bodegas para optimizar el proceso de vendimia (en particular la logística), lo que también contribuiría con la rentabilidad del viñatero y favorecería a la calidad del producto.
Tornello señaló que, para ir hacia esquemas de organización exitosos, no alcanza con el convencimiento de los productores de que ése es el camino. “Tiene que haber también -dijo- políticas públicas que acompañen en ese sentido, e instituciones de ciencia y técnica fortalecidas, que puedan brindar información al productor, sobre los resultados de sus investigaciones”.
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