CAMPAÑA 2024
AVANCES
Quedan dos semanas fuertes en el Este de Mendoza, la zona más productiva del país. Hay brotes de podredumbre. Apuran la cosecha en muchos viñedos, a riesgo de obtener vinos con grado escaso. Qué puede ocurrir con el negocio este año. Leé y comentá.
PODREDUMBRE. Un año atípico por exceso de humedad, está provocando problemas sanitarios. Hay preocupación, porque las uvas Bonarda y Criolla no terminan de tomar grado, y hay que apurar la cosecha para evitar males mayores. FOTO / ARCHIVO Revista Campo Andino & Agroindustria.

Mermas adicionales de producción por fenómenos climáticos, precios que no alcanzan a cubrir costos productivos en explotaciones no integradas de menor escala y un incierto horizonte macroeconómico y de demanda interna, enmarcan el escenario de vendimia que, en alrededor de dos semanas, estará cerrando lo más intenso de su Capítulo 2024, al menos en la zona más productiva de Argentina.
En efecto, este calendario vale para el Este y el Norte de Mendoza, de donde sale el 80% de las uvas de la provincia que concentra dos tercios de la producción nacional. Equivaldría a decir, entonces, que estamos hablamos de la región que aporta más de la mitad (podría llegar a casi 53% este año) de las uvas argentinas.
En muchos viñedos de estas zonas, dicho sea de paso, vienen acelerando la cosecha (apurados por los enólogos), porque el exceso de humedad está provocando brotes de Botrytis.
El problema sanitario, por el posible avance de la podredumbre del racimo, se estaría dando -particularmente- en viñedos de Bonarda y Cereza/Criolla, las más remolonas para tomar grado.
Si se considera la participación relativa de ambas en el parque varietal de ese territorio, podría decirse -forzando la interpretación, porque el riesgo no es parejo- que casi el 20% de la producción argentina de uvas de esta campaña está o ha estado expuesto a potenciales problemas sanitarios por exceso de humedad.
Pero ya volveremos sobre este punto. Por lo pronto, veamos qué comentan algunos de los referentes de la vitivinicultura zonal que tienen acceso, inclusive, a información de áreas que exceden largamente los límites de su propiedad.
Juan Carlos Gonzales, técnico superior en agronomía, asesor privado en una finca ubicada en Los Otoyanes, Junín dice que, en lo productivo, esta cosecha «viene mejor que las de los últimos 3 años», pero aclara que -en ese establecimiento- «estamos a un 60% de lo que debería de ser un año normal» .
En diálogo con Campo Andino, señaló que en esa finca «no nos afectaron las heladas y pudimos regar mejor». Pero «los rindes cayeron respecto de la media histórica».
Gonzales es responsable de la planificación de labores y de llevar adelante el cultivo en las 15 ha donde tienen, por partes iguales, viñedos de Malbec, Tannat y Bonarda, que este año rindieron mucho menos que lo que podrían haber dado.
En cuanto a lo sanitario, «al principio de la cosecha empezamos a tener problemas de Botrytis, pero después se frenó, y ahora se está viendo un poco de Peronóspora, pero -en general- en la zona nos acompañó el clima y tenemos buena sanidad». De manera que «no fue necesario hacer tantas aplicaciones» de agroquímicos.
Según Gonzales, en el establecimiento donde trabaja «hasta el momento debemos llevar algo más del 60% de la producción ya cosechada» .
Por otra parte, se refirió también a particularidades del desempeño productivo de algunas variedades. En ese sentido reveló que «Bonarda es una variedad que todavía no repunta» .
Esto es lo que ocurre, al menos, en Los Otoyanes. Lo mismo les pasa con las uvas Cereza. «En viñedos de 15 años para arriba -dice- después de las heladas nos está costando que se normalice la producción».
Aclara que en las zonas donde el año pasado no tuvieron heladas -o, si las tuvieron, el daño fue muy leve- «los viñedos pueden haber estado alcanzando su potencial productivo». Pero advierte que también incide «el manejo del suelo, de la fertilización y el riego» .
Gonzales recuerda, de paso, que en años anteriores «veníamos con poca agua para regar, nos faltaba tiempo y caudal, y el abono que uno aplicaba la planta no lo llegaba a aprovechar por falta de riego».
Desde Lavalle, el viñatero Demetrio André asegura que «tenemos menos uva que el año pasado«, en una zona que abarca el oasis irrigado de ese Departamento y parte del Norte de San Martín.
Es lo que comentaron en forma coincidente sus pares -asociados de la Cooperativa Vitivinícola Norte Mendocino– con quienes compartió una reunión sobre el final de esta semana.
«En la Zona Norte, los tachos están pesando 17 a 18 kilos y nunca llegamos a 20; pensábamos que íbamos a cosechar lo mismo que en el 2023… pero ni eso». De manera que «ha sido una cosecha de bajo rendimiento… y cara» lamentó el productor norteño, que cuenta con un muestreo de no menos de 350 productores de su zona.
En diálogo con Campo Andino, André recordó que «acá ya venimos afectados 3 años seguidos por heladas, y eso -entre otros factores- se nota» en el volumen producido. «En mi caso particular, me faltan 35 viajes de uva y no los puedo recuperar… y hablo con otros productores y están en la misma situación».
Le sorprende que haya ocurrido esto «porque las viñas -de la mayoría del centenar de asociados que integran la Cooperativa, más los terceros que le llevan la uva- están bastante aceptables».
Entiende que, en este ciclo, además de la helada los afectaron los episodios de «viento Zonda, que antiguamente solía correr en agosto y ahora han sido continuos durante varios meses».
Por otra parte, están teniendo problemas sanitarios. «Acá hay Peronóspora y Botrytis, pero hay períodos de carencia que obligan a suspender las curaciones, para no afectar el proceso enológico». Además, «antes de las enfermedades, tuvimos la Polilla» de la Vid, lamentó.
La cuestión es que, entre todos los asociados de la Norte Mendocino, «pensábamos cosechar, inicialmente, 320.000 quintales, y después de esta reunión que tuvimos bajamos la estimación a 305.000».
Dijo que «llevamos algo más de 205.000 quintales y nos quedan dos semanas de cosecha» . Aclaró de paso que «este año, con el exceso de calor, empezamos la vendimia más temprano, por eso es que a fines de marzo vamos a estar terminando».
Fabián Ruggeri, presidente del Consejo de Administración de la Cooperativa Frutihortícola Colonia California Ltda., resumió que en su zona (Nueva California, al Norte de San Martín y un sector del Este lavallino, que son parte de un mismo oasis productivo), la producción del año «es heterogénea» .
Ruggeri -quien, por otra parte, preside la Asociación de Cooperativas Vitivinícolas (ACOVI, la gremial empresaria del sector)- reveló que «hay algunos viñedos -de algunas variedades– de los que está saliendo más uva que el año pasado» .
«En otros -con otras variedades– se va a cosechar más o menos el mismo volumen» que en la vendimia 2023. «En otros -especialmente de variedades Criollas– se está cosechando menos uva» que hace un año”.
De todos modos, estimó que en el conjunto de las zonas Este y Norte «en promedio vamos a estar más o menos entre un 20% y un 25% por arriba» de la cosecha 2023.
Comentó, de paso -a partir del contacto que mantiene con sus pares del cooperativismo vitivinícola en toda la provincia- que «en el Oasis Sur de Mendoza hay bastante más uva que el año pasado y en el Valle de Uco también hay más» .
En diálogo con Campo Andino, el productor de San Martín coincidió en que «este año hemos tenido tres fenómenos meteorológicos importantes». Uno, «la helada a fines de octubre, que no afectó tanto a los viñedos del Sur de Mendoza, porque había llovido» en esa zona.
«En el Valle de Uco, el daño por heladas fue muy heterogéneo, aunque no importante porque hubo lloviznas… pero en las zonas Este y Norte no llovió, por lo cual el daño por la helada ha sido importante» remarcó.
Después, «tuvimos un viento Zonda extremadamente fuerte en intensidad y de muy larga duración». Estuvo «24 horas soplando, en un momento en el que estaban muchas variedades en plena floración» por lo que «quemó flores y algunos granos recién cuajados».
El tercer fenómeno fue «la onda de calor, que fue muy intensa y muy extendida en el tiempo». Recordó, en este sentido, que «en noviembre, diciembre, enero y parte de febrero hubo no sólo temperaturas máximas altísimas; lo más complicado fue que de noche seguíamos teniendo temperaturas altas» .
Por eso fue que «durante noviembre-diciembre, los brotes no crecieron normalmente, a pesar de haber tenido mucha más agua disponible que el año pasado, y aun en viñedos bien fertilizados».
Debido a esto «el grano no tomó el tamaño que debería haber tomado», y ese fue otro factor determinante (junto con la helada y el Zonda) de las mermas registradas en algunos viñedos. A eso, hay que sumar el granizo que «al que le toca -dijo Ruggeri- puede llegar a tener pérdidas mucho mayores».
Lo cierto es que, debido a los fenómenos climáticos, el Norte-Este del territorio mendocino es donde están las mayores mermas de producción.
De manera que las pérdidas más significativas se han dado este año en la zona que produce el 80% de las uvas de Mendoza (la provincia que concentra dos tercios de la producción nacional), lo que -consecuentemente- equivale a decir que es la región de donde debería salir más de la mitad (podría llegar a casi 53% este año) de las uvas argentinas.
En otro orden, Fabián Ruggeri reconoció que «se están dando problemas sanitarios, especialmente en las dos variedades finales –Bonarda y Criolla/Cereza– que son las que cuesta que tomen grado y son de podrirse fácil» .
Esto se debe a que «hemos tenido muchas lluvias y un proceso de humedad en los últimos 20 días que ha sido muy importante». Las enfermedades «se dan, justamente, en esos viñedos que están mejor que el año pasado, que son los se muestran más vigorosos«.
La afectación, según su criterio, «no llega todavía a manifestarse en pérdida de producción, pero sí hace que los enólogos pidan anticipar la cosecha» .
Esto lo hacen «para evitar problemas posteriores de calidad en los vinos, y que se empiece a perder volumen», particularmente en esas dos variedades que, juntas, «suman entre el 35% y el 40% de la producción de uvas del Este» según su estimación.
Por eso cree que «vamos a tener una cantidad de producto con menos graduación alcohólica que la que posiblemente necesitemos después», para poner esos vinos en las góndolas. Los enólogos van a tener trabajo adicional, parece.
Lo cierto es que, según Ruggeri, «vamos a estar cosechando firme hasta fin de mes; hasta el 10 de abril seguiremos con menos intensidad; y del 10 de abril en adelante va a quedar muy poco».
En esa fecha, «van a estar cosechando más fuerte en el Valle de Uco, que siempre viene 15 días después que el Este y Norte». Agregó que «el Sur está en plena cosecha, le deben quedar unas 4 semanas, porque tiene menos capacidad de elaboración, si no, terminaría antes».
En otro plano, y entrando en la capacidad de invertir lo necesario en el cultivo, si bien este año hubo más agua, el asunto es si estaba el fertilizante para alimentar al viñedo.
Este es un punto crítico, porque la caída de los rendimientos en los últimos tres años, «dejó al productor sin recursos» apuntó desde Los Otoyanes, el técnico Juan Carlos Gonzales.
Por eso es que la gente viene haciendo «hasta donde puede para llegar a cosechar el siguiente año, y en muchos casos queda de lado la fertilidad» lamentó.
Gonzales considera que muchos viñedos no llegan a expresar todo su potencial productivo, en buena medida «por la falta de capital y la falta de mano de obra» .
Aclara que «siempre que hablamos de la escasez de recursos, hablamos de un pequeño o un mediano productor, de entre 5 y 15 hectáreas y de 15 a 40 hectáreas» respectivamente.
El asesor -y docente en un colegio del Este mendocino- reflexiona que «Mendoza tiene dos tipos de vitivinicultura, en cuanto a la rentabilidad».
Por un lado, «está el productor grande que trabaja en pesos, pero vende afuera en dólares que, por lo general, tiene todo armado (tiene finca, compra uva y fracciona) … y el productor chico, que lleva la producción a la bodega y se la pagan con cheques hasta en 12 meses en algunos casos».
Esto -dicho sea de paso- se refleja en el mercado. «Este año los precios se plancharon» dice Gonzales. «Bodegas de la Zona Este ofrecían Ofrecieron 16.000 pesos por quintal -de uvas Criollas- al contado (el año pasado estaba a $11.000 el quintal)».
«Parecía que el precio iba a remontar, pero al final quedó igual», según la escala que se había conocido inicialmente. Lo que varió –en el mejor de los casos– fue que, para operaciones que contemplan una parte de contado y el resto a plazos, «achicaron el plazo eliminando la última cuota» señaló el técnico y docente del Este mendocino.
Por ejemplo, en transacciones que incluyen el período de financiación más largo, ahora «se ofrece un precio por quintal de $ 20.000 a pagar: 30% al contado, y el resto en cuotas iguales a 30, 60, 90 y 120 días», siempre hablando de uvas Criollas.
Otras bodegas ofrecen una suma fija y uniforme de $ 5.000 al contado, independientemente del plazo y la variedad. Uniforme, en el sentido que es el monto aplicable a todas las categorías de uvas.
En términos relativos, ese monto de contado es inversamente proporcional al precio de las distintas variedades. Es decir que representa una parte mayor del total entregado a la bodega, para el caso las Criollas, y menor a medida que sube la cotización de cada varietal.
Sobre la capacidad financiera para hacer frente a los costos que implica llevar adelante el cultivo a lo largo del ciclo agrícola, Fabián Ruggeri, de ACOVi, admitió que esos casos de mejora productiva (en la comparación interanual) se da, sobre todo, en explotaciones de viñateros integrados al sistema cooperativo.
Es porque «tienen financiamiento y acceso a insumos agrícolas, que a veces no los tienen otros productores, ni en cantidades ni en forma de pago». Normalmente «nuestros productores suelen tener un poco mejor los viñedos que algunos vecinos que no están en las mismas condiciones», puntualizó.
Así las cosas, la foto de hoy dice que hay más producción de uvas que el año pasado. Ahora, si empezamos a dar vuelta las páginas del álbum… pero hacia atrás en el tiempo, vemos que ese año pasado dejó una cosecha paupérrima.
De manera que, en 2024 la oferta de materia prima va a estar por encima de la de un año extremadamente pobre como el 2023 cuando -dicho sea de paso- no faltó vino, porque el consumo interno y las exportaciones… se derrumbaron.
Acerca de lo que cabe esperar, entonces, para este año, es interesante repasar el análisis que hacía el presidente de la Asociación de Cooperativas Vitivinícolas, durante su diálogo con Campo Andino.
Fabián Ruggeri indicaba que «en cuanto a stock, si el mercado interno no sigue cayendo, si se mantienen las ventas… y se pueden incrementar levemente en el mercado externo, la diferencia de producción se puede absorber perfectamente y estaríamos en un equilibrio aceptable, con lo cual no debería caer el precio del vino».
Admite, no obstante, que «nunca podemos alcanzar la inflación con el precio del vino, pero al menos aspiramos a estar lo más cerca posible».
Ahora bien, no parecen muy sólidos los fundamentos de cada una de las premisas del razonamiento que lo llevan a concluir -como expectativa al menos- que ésa finalmente será la respuesta de los mercados. Sobre todo, la presunta respuesta del mercado interno.
Porque Ruggeri subraya que «el mercado interno perdió mucho» ; que «ha llegado a un piso» y que «no debería tender a la baja porque ya bajó muchísimo«. Cree que «la recesión, de ahora en adelante, debería ser muy grande para que siga cayendo el consumo» .
Agrega que, «si en adelante las condiciones macroeconómicas van a ser peores que las que tenemos hoy, no sólo el vino va a caer… va a caer todo». Señala que «de ahí sale el supuesto de mantener las ventas en el mercado interno».
En realidad, lo que plantea el dirigente es comprensible como expresión de deseos, pero resulta endeble como formulación argumental. Es que el hecho de que «entonces caeríamos todos» no es fundamento para concluir necesariamente que no habrá por delante una recesión mucho más pronunciada que la que exhibe hoy la economía argentina.
Además, no está garantizado que, frente a una eventual recuperación de la actividad económica y de la capacidad de compra de los consumidores, estos vayan a volver al vino.
La verdad es que, aunque el mínimo repunte sería bienvenido por el sector, todavía hay margen para estar peor. De esto, hemos capitalizado alguna experiencia los argentinos… sobre todo los que tenemos unos cuantos años.
Sí podría tener respaldo en datos, la expectativa que repunten los mercados del exterior. Así, según la optimista -y mejor fundamentada- previsión de Ruggeri, «sin retenciones y con un dólar competitivo, como tenemos hoy, entre el 22% y el 25% de las uvas producidas» transformadas en vino y mosto podrían tener colocación fuera del país.
Indica que «en el mosto (recuperar los negocios fuera del país) es más rápido», pero admite que «en el vino cuesta bastante más, porque tenés que salir a convencer a tu ex cliente -porque ya no es tu cliente- para que te vuela a comprar».
Si nos atenemos a esta proyección de Fabián Ruggeri, deberíamos concluir que quedaría en el país (como casi siempre, desde que Argentina empezó a tener más presencia en el exterior) por lo menos las tres cuartas partes de la vendimia.
Tendrá que ser muy consistente la macro, muy responsiva la actividad económica, muy persistente la recuperación de los ingresos en términos reales y creativas (de creatividad útil) las áreas de marketing de la industria… para ver materializados estos supuestos, al menos en el mercado interno.
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